Nuestro relato infantil


Cuando paramos un momento y algo nos transporta a nuestra infancia es muy probable que recordemos aquella casa que nos acogió nuestros primeros años de vida, la ropa o el juguete que siempre tenía el poder de sacarnos una sonrisa o aquella tía que disfrutaba de apretarnos las mejillas o llamarnos de una extraña manera que nunca entendimos de dónde venía. La infancia de cada uno es diferente y así como podemos recordar las cosas buenas, otras personas recuerdan lo único que había y con lo que crecieron y formaron su personalidad.


Es durante nuestra primera infancia en que grabamos en nuestro interior aquellos mensajes que irán construyendo una parte importante de lo que seremos al crecer. Aquello que recibimos o lo que carecemos podrá hacer la diferencia e inclinar la balanza hacia algún lado.


Aprender desde pequeños que hay cosas que serán permanentes independiente de nuestros resultados, y separar los canales de la consecuencia de nuestras acciones y del amor o las características propias es muy importante. Todas las personas cometemos errores y no por eso somos “tontos” “inútiles” o “no servimos para nada”. De la misma manera, independiente de que seamos “maravillosos” y siempre “nos amen”, cuando erramos las consecuencia de nuestras decisiones debemos hacerles frente.


El afecto y las características positivas que le manifestamos a nuestros niños no deben ser condicionadas a que hagan lo que esperamos o traigan a casa las calificaciones escolares que nos gustarían, pues corren por carriles diferentes y condicionarlos querrá decir que no pueden ser quienes quieran, porque ello traerá como consecuencia el rechazo y la distancia de nuestros seres más amados.


Reforzar la autoestima, la autoconfianza, y la capacidad de aprender y hacerlo cada vez mejor, sin importar cuantas veces “caigamos” porque así se han forjado las grandes hazañas y aprendizajes. Ni el colegio, ni la universidad, ni el trabajo nos entregarán de una manera tan nítida la confianza y las características individuales que marcarán la diferencia entre aquellos que alcanzan sus sueños y los que siempre desisten antes de intentarlo. O entre aquellos que sin importar los resultados son felices y quienes viven en el inconformismo rodeado de logros materiales.


El mensaje que reforzamos en la mente de nuestros niños y niños, y también aquel que queda en la piel por medio del afecto, serán el depósito de intrañables e irremplazables recursos que en su crecimiento y adultez les ayudará a vivir mejor, llegar donde deseen y cultivar en las próximas generaciones un ecosistema más saludable en el interior, independiente de los deseos y desvaríos que la moda traiga a nuestras sociedades.

Y tú ¿qué le dirás a tus niños hoy?

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