¿Legalidad o ética?


Sería difícil desconocer que desde las primeras civilizaciones de la humanidad el establecimiento de normativas sociales y estructura de incentivos y sanciones han sido fundamentales para brindar cierto orden y permitir que las sociedades puedan avanzar en una relativa convivencia.


No sería complejo tampoco, identificar que la falta de autocontrol y el temor a nosotros mismos como especie nos ha encaminado a una supremacía de lo normativo y legal, que ha dado pie en el mundo entero al gigantesco sistema de la “justicia” y el mercado de sus “justicieros” conocedores de la ley y sus rincones.


Así encontramos muchas veces que vale más lo legal que lo moral, es más importante el papel con timbre que la ética, e incluso valen más las leyes que la propia verdad. Nos hemos ido acostumbrando a que a falta de construir personas íntegras y responsables de sí mismos, pongamos leyes que controles y normen aquello que se puede o no realizar, o al menos de la manera de llevarlo a cabo.


En estos días nos ha tocado ver otro ejemplo de esto con la denuncia de un eventual fraude en las inscripciones de las candidaturas presidenciales de Franco Parisi y Tomás Jocelyn-Holt, quienes habrían recibido miles de firma en un par de días en dos notarías para poder inscribir su candidaturas. Situación sospechosa, pero que pareciera indiscutiblemente otra muestra de la legalidad por sobre la ética.


En Chile los notarios cumplen un rol dudoso y cuestionable. No sólo cobran las tarifas de manera arbitraria sin responder a la tabla de precios oficial (ellos que son custodios de la legalidad), sino que se prestan para hacer legal cualquier situación por falsa y corrupta que sea.


Contar con una institucionalidad electa de manera arbitraria, con regalías inaceptables, condiciones abusivas y que actúan como bisagra de la corrupción legalizada, es reflejo de este desajuste valórico que nos rodea.


Que la mentira legal valga más que la verdad ética es algo que nos deja una pésima enseñanza para cada uno de nosotros y las generaciones que vendrán. El exitismo sin medidas y la legalización extrema de la vida, desvirtúa el sentido de responsabilidad personal y aprecio por lo ético y honrado. Y con ello auspiciamos una vida de dudosa calidad y temible sustentabilidad en el tiempo.


No es suficiente trabajar para hacer de nuestras comunidades lugares económicamente mejores para vivir, y de nuestras ciudades sitios repletos de tecnología y modernismos, si en casa, en el trabajo, con nuestros hijos, vecinos e instituciones pondremos por encima de lo ético lo meramente legal, o daremos más valor a la mentira documentada que a la verdad de los hechos.


Crecer interiormente, también es poner las cosas en su lugar y priorizar las estructuras de valores, reconociendo aquello que aporta a lo valioso de nuestro interior y de quienes nos rodea, y dejando de lado la trampa que se busca institucionalizar para vestirla de aceptable.

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