La vida no se divide

Aunque quizás no seamos conscientes ni nos demos cuenta, todos hemos sido criados en un mundo repleto de divisiones, las que aprendemos desde muy pequeños y muchas de ellas no acompañan la vida entera. Nos enseñan la división de la mente y el cuerpo, de lo bueno y lo malo (cada vez más relativizado), nos hablan de cómo debemos vivir para luego disfrutar, de lo importante de la prosperidad o los cánones de belleza que nos vende la publicidad enseñándonos sobre lo "bonito" y lo "feo", así como aquello que es deseable y lo que debe ser despreciado.


Asimismo, vamos aprendiendo que una cosa es la vida cotidiana y otra muy diferente nuestra dimensión espiritual. Si hablas de lo espiritual en el trabajo puede ser considerado actualmente como un proselitismo detestable, aunque muchas otras propagandas ideológicas sean bien vistas y potenciadas en cada rincón. Tenemos los espacios para la vida pública y la privada, cada vez más difusa gracias a la gran exposición y el uso de las redes sociales.


Tus problemas son de una dimensión muy diferente que tus logros. Tu opinión política no debiera mezclarse con otros espacios de interacción social, o incluso personal, como si la política no tuviera que ver con nuestra concepción de lo que somos, de lo que queremos ser y de la mejor manera de desarrollarnos como individuos y también como comunidades. La división ha sido parte de la manera en que nos enseñan en las escuelas, de la manera en que aprendemos en casa, y como evaluamos nuestra propia vida y la de los demás.


Esto ha traído graves problemas, ya que finalmente terminamos viviendo divididamente con nosotros mismos, sin lograr integrar de una forma coherente lo que creemos, sentimos y hacemos en nuestra vida. La falta de alineación de estas tres dimensiones nos genera un ruido interior que muchas veces no sabemos explicar y por ello vemos cómo aumentan las patologías de salud mental por una vida fragmentada en una sociedad que se ha olvidado de nuestras necesidades más básicas para enfocarnos en lo que se nos presenta como central.


Así, hemos realizado una disección entre nuestra vida diaria y la espiritualidad, entiendo que ésta es algo del mundo privado que solo hacemos cuando vamos a un templo, que se comparte en casa con nuestra familia, pero que no debe salir hacia aquellos espacios como el trabajo, la vida social, los momentos en comunidad. Esto es un gran error. Ojo que no estoy hablando de religiosidad, sino que de espiritualidad, es decir, nuestra capacidad de conectarnos con algo más grande que nosotros que nos ayuda a tener sentido, un marco de referencia que nos da soporte, mayor seguridad y guía a nuestra vida. Finalmente, ¿qué es la vida sin un sentido mayor que nosotros?, quizás solo vanidad, que es lo que más vemos hoy en cada esquina donde miremos.


Debemos dejar de dividirnos a nosotros mismos para ir por el camino de integrarnos e ir por la vida como un individuo, es decir, como alguien que no es posible de ser dividido, que vamos con nuestras creencias, emociones, espiritualidad, historias, deseos y comportamiento por todos los espacios en los que formamos parte, para desde ahí sentirnos más plenos y contagiar sentido y plenitud a los demás.


Es fundamental que llevemos la espiritualidad con nosotros a todos los rincones, en cada momento de nuestro día, porque no somos solo cognición ni emoción, sino que también somos espíritu.

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