Emprender como un acto ético y de amor

Durante los últimos años el emprendimiento ha tomado una fuerza nunca antes vista. Las ciudades se han ido poblando de co-works, los bancos han entrado con fuerza a ofrecer servicios para un segmento repleto de sueños y ganas de cambiar las cosas, pero no siempre con los respaldos que la banca tradicional solicitaba. Han surgido incubadoras de negocios, centros de emprendimiento, cursos de formación en modelos de negocio, finanzas, marketing digital, entre tantos otros espacios y temáticas.


Personalmente, como un emprendedor dedicado a este estilo de vida hace ya una década, me encanta este nuevo auge, que anima a soñar y trabajar para llevar esas ideas a la realidad tangible.


Sin embargo, todo rápido y masivo crecimiento, trae también distorsiones y variedad de focos. Claramente, no tenemos que pensar todos igual. Es cierto que las personas que emprendemos lo hacemos por diferentes razones, motivados por un anhelo, una necesidad personal o algo presente en el entorno cotidiano, una oportunidad de negocio y muchas otras razones que pueden llevar a alguien a dar el salto hacia un mundo incierto, repleto de sacrificios personales, pero que nos promete una gran recompensa al final del camino.


Personalmente, comparto la mirada de que las empresas buscan la generación de riquezas, pero también soy de aquellos que está convencido que no puede ser el único foco, siendo también necesario pensar en el impacto ambiental y de las personas en quienes repercute el trabajo generado por cada nueva empresa. Esta visión, es sin duda una forma ética de ver el emprendimiento, una mirada más sistémica, que entiende que los deseos del emprendedor no son el foco que debe ser resuelto, sino que se persigue una contribución mayor, incluso más allá de la persona y su proyecto.


Cuando vemos el emprendimiento como un acto de entrega, basado en altos principios de lo humano, y con un sello de generosidad a quienes son parte de este trabajo (ya sea en su concepción, producción o consumo), entonces el emprendimiento cobra otro sabor. Este foco que está más allá del dinero, es algo que personalmente creo que se ha perdido en muchos lugares debido a este deseo desmedido de crecer económicamente como único objetivo personal y de negocio. Esta mirada retrógrada, inconsciente y egoísta se traduce en un slogan de fácil consumo, pegajoso, engañoso e incluso muchas veces presentado como justo y necesario.


Hace un par de semanas, en el día del amor y la amistad, una red de emprendimiento para mujeres publicaba una gráfica que decía "No necesito un novio. Necesito dinero (o un inversor)", mientras la imagen de una mujer en el centro levantaba su dedo medio. No pude dejar de sentir vergüenza ajena, por un mensaje tan vacío en un lugar que desea apoyar el emprendimiento. ¿Acaso emprender es solo un tema de dinero? ¿es que el recurso económico es el único fin? ¿es verdaderamente lo más importante?, claramente en la actualidad sí lo es para mucha gente, dispuesta a prostituir cualquier valor y principio esencial con tal de un par de ceros más en la transacción. Cuando el emprendimiento no tiene valor sino que solo conoce de precio, entonces realmente no vale nada. Aquello que solo podemos comprar con dinero es lo menos valioso que hay. Por eso los grandes emprendedores que marcaron la historia dejaron en claro que no era la cantidad de recursos disponibles el foco del asunto, sino la calidad de las personas, su visión de la vida, su capacidad de convencer y trascender en nuevos proyectos, etc.


Emprender, es ante todo un acto ético basado en los valores más significativos, como lo puede ser el amor, ese amor por un sueño, por colaborar en la vida de otras personas, por ver realizado aquello que nunca antes fue hecho, el trabajar por lo justo, noble y necesario, yendo más allá incluso de lo conveniente. Emprender, es un estilo de vida que es parte de una filosofía personal, y por ello el sello son esos valores. Personalmente, no hago negocios con la calculadora en la mano, sino que disfruto de dedicar horas a conversaciones, encuentros y conocimiento personal, ya que no podemos lograr resultados increíbles si estamos tan distantes los unos de los otros en la mirada de la vida, de los proyectos y de la misión.


Si eres emprendedor/a o quieres serlo, te invito a que reflexiones sobre estos temas. No es un asunto económico ni financiero. No es algo que puedas aprender en estos centros en que los profesores jamás han emprendido algo de verdad. Emprender no se aprende en los libros ni en las lecciones repetidas y añejas de las universidades. Dar el salto de creer y crear cosas nuevas, surge de esa sabiduría interna que todos tenemos, y que al estar realmente conectada con la ética y la integridad, logra convencer, convocar y trascender de una forma que muchas veces ni sus fundadores logran darse cuenta.


La decisión es personal, y quiero invitarte a que encuentres en cada desafío de emprendimiento un sentido que vaya más allá de ti y tus intereses cotidianos, que no te enfrasques en la franca estupidez del ego y las apariencias en las redes sociales; o en la miopía de buscar solo una cuenta bancaria con más dinero, ya que al final del día nada de eso valdrá la pena para ti y para el resto. Que tu emprendimiento, sin importar el rubro y el tamaño, sea una herramienta que contribuya en mejorar la vida de alguien más, que apoye la felicidad, el amor, la ética y aquello que nos hace más humanos y mejores.

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