Cuando el rol nos limita


Hace poco días atrás me encontraba desarrollando un taller motivacional con un grupo importante de personas que trabajan en el servicio de salud. Es su mayoría los participantes eran colegas psicólogos y psicólogas que trabajan asistiendo procesos de salud mental.


Dentro del grupo se encontraban diferentes generaciones profesionales, desde personas que están iniciando su trabajo profesional, hasta quienes se encuentran prontos a jubilar. Así mismo, asistieron algunos usuarios de los servicios de salud mental, como una forma de integrar a la comunidad en las instancias creadas para potenciar el encuentro y el Autocuidado.


A pesar de haber sido un taller ampliamente dinámico y haber obtenido una muy buena evaluación por parte de los asistentes, la participación no fue la esperada. Pareciera ser que exponerse un poco o entregarse a un juego que nos invita a abrir cosas propias para poder mirarlas y avanzar, es algo reservado para quienes son clientes, usuarios o pacientes de este tipo de instancias, pero no para los profesionales que nos dedicamos a esto.


A partir de esta experiencia, una de las varias reflexiones que me quedaron fue que el rol, y la posible necesidad de cuidar de éste de manera estoica, nos limita y coarta la experiencia de compartir con generosidad y apertura, para aprovechar de mejor manera las oportunidades y vivencias que día a día, y en los más diversos espacios quedan a nuestra disposición.


¿Acaso quienes trabajamos con persona no valoramos cuando los otros se comprometen y entregan a llevar un proceso con nosotros?, entonces ¿la generosidad de abrirnos para crear, compartir y co-construir es una actividad que otros deben realizar e invitarnos, pero que nosotros por cuidar nuestro “estatus imaginario” no debemos transgredir?


Cuando observamos relaciones, vínculos e instancias de acompañamiento que son realmente enriquecedoras y nos ayudan a crecer, lo más seguro que encontremos es que se dio de una manera abierta, generosa y comprometida. Lo más probable es que si pensamos en nuestras propias experiencias inolvidables, lleguemos a recordar precisamente aquellos vínculos basados en confianza, entrega mutua, y en que ambos generaron cierta reciprocidad acogedora que permitió que en dicha instancia brotaran de manera frondosa vivencias valiosas e muchas veces marcadoras.


Cuando lo que hacemos y nuestra forma de enfrentar el día a día y las instancias de crecimiento y desarrollo que se nos presentan a diario, se basan únicamente en el juego de nuestros roles profesionales o ego-centrados ¿cuál es el espacio de encuentro genuino que nos queda para encontrarnos y reconocernos con los demás?


Todo rol cumple una función importante, nos ordena, estructura y da sentido a mucho de nuestros quehaceres, sin embargo, no es ni debe ser más grande que nosotros mismo y lo que realmente somos, ni debe impedirnos la capacidad de acoger a los demás, ni de ser sinceros con nosotros y nuestro entorno.


Finalmente, la oportunidades de ser mucho más de lo que ya somos y de descubrir aquel potencial inagotable que vive en nuestro interior, necesita de los demás para pulirse y resplandecer.

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