Calidad de vida y lo que el crecimiento económico no resuelve

Durante largas décadas hemos está buscando una mejor calidad de vida por medio del crecimiento económico, midiendo de forma insistente cuántos dólares promedio llega a nuestros hogares. No es que esto tenga algo de malo, personalmente no lo creo; sin embargo, hemos hipotecado nuestro bienestar corriendo tras la vida soñada que decimos querer. Los ejemplos para esto son múltiples, la cantidad de farmacias, las enormes cantidades de anti-depresivos que se consumen en nuestro país, el nivel de enfermedades mentales, el alto nivel de estrés, la pérdida de la convivencia sana y la vida en sociedad, son solo algunas muestras de una situación donde claramente hemos perdido el rumbo.


Fue en estos días en que fue posible ver un vídeo en que un funcionario de una empresa de transporte (eme buses), agredió física y verbalmente a un cliente que solicitaba un cambio en su pasaje. Es tan sencillo como conducir por la ciudad para ver la manera agresiva y poco empática con que nos tratamos los unos a los otros en los más diversos espacios.



En privado la mayoría comenta como el resto vive en un estado agresivo e insensible a las necesidades de los demás, pero la verdad es que también vivimos en un estado desconectado de nosotros mismos, de saber lo que nos llena realmente, de ser capaces de reconocer la verdadera satisfacción de aquella momentánea y sin sentido que muchas veces ponemos en lo externo, en vez de depositarlo en nuestra manera de relacionarnos y crear espacios de sociedad.


La verdad que son muchos los ejemplos que podemos ver en cada rincón de nuestros relaciones cotidianas, tantas que quizás ya es hora de parar un momento y preguntarnos si realmente vale la pena lo que estamos haciendo y volver a mirar la brújula que llevamos en nuestro fuero más íntimo, para volver a calibrar nuestro camino y dirigirnos a lugares que sean verdaderamente genuinos, satisfactorios y nos ayuden a disminuir nuestra estrés, a disfrutar nuestra vida y entregar lo mejor de nosotros mismos tanto a los otros, como también a nuestras necesidades personales.

Como alguna vez dijo Mafalda: “paren el mundo que me quiero bajar”, pero no es solo bajarse del sin sentido cotidiano que nos tiene como verdaderos zombies, muertos vivientes, hambrientos insaciables, que todo lo devoramos, pero nada nos aquieta, porque todo indica que estamos buscando donde no hay, y bajo las consignas del desarrollo y las libertades vamos por un camino que nos ayudará a ser mejores personas cada día.


Espero que esta situación ocurrida en el terminal sur de Santiago, sea otro botón de muestra para reflexionar, pero no de lo que pasó en esa ocasión, sino de cómo estamos cada uno de nosotros, qué tan amables somos, cómo estiramos la mano y regalamos alguna sonrisa durante un día intenso, o si todo se trata de correr dejando heridos, porque todo lo vale con tal de ganar aquel trofeo que al parecer no trae nada que valga realmente la pena. La respuesta la tendrá cada uno.

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