Cállate y créeme


Algunos de nosotros hemos sido educados para ser personas inteligentes, y se nos ha dicho que una cualidad de esa inteligencia radica en la capacidad de ser lógicos y racionales, de poder argumentar de la forma más contundente posible cada cosa que rodea nuestra vida o de la cual queremos hacer alusión.


Hemos ido aprendiendo a pedir ciertas garantías incluso en aquellas materias en que nada puede ser asegurado en lo inmediato y mucho menos hacia el futuro. La ciencia nos ha dicho que dudar es bueno, puesto que es el inicio de la curiosidad que nos permite descubrir aquello que se encuentra más allá de lo evidente. Así, hemos aprendido a mirar bajo del agua y ver cosas donde no las hay, pero que pudieran tener algún grado de consecución lógica y por ende ser plausible.


Cuestionamos todo a nuestro alrededor, y muchas veces nos dedicamos a hacerlo con nosotros mismos de la manera más férrea posible. Sentamos en el banquillo de los acusados a nuestras más profundas emociones, así como también a las personas que más nos quieren, esperando que cumplan aquello que en el fondo esperamos de ellos, y nos entreguen un margen para confiar y poder entregar las llaves de que abren lo más sensible para cada uno.


Algunas veces gastamos horas y horas de nuestras vidas hablando y reflexionando sobre lo que somos y lo que no, y olvidando simplemente estar en el aquí y ahora, y ser aquello que somos. Aceptar lo evidente con todas las dudas y contradicciones. Porque la lógica es una forma de pensamiento que no sirve para todo y que aplicarlo en los contextos inadecuados nos entregará falsos resultados.


Hace poco tiempo tras, frente una serie de interrogantes durante una conversación, una persona muy importante en mi vida, mi sujetó con firmeza, clavo su mirada con la mía y dijo con total seguridad: “cállate y créeme”. Aunque fue tan sólo un instante y escuetas tres palabras quedaron en mi dando vuelta por días, quizás un par de semanas.


Gastamos tanto tiempo en explicarnos a nosotros mismos aquello que nos pasa, que finalmente sometemos a escrutinio incluso aquel espacio seguro y acogedor donde tan sólo podríamos entregarnos en una tregua de las dudas, de las luchas y las competencias. Hay momentos en que lo mejor es cerrar la boca, sacar las dudas y simplemente creer; confiar en eso intangible y tantas veces irracional que sustenta las relaciones entre las personas y nos conectan con las emociones esenciales que nos movilizan cada día.

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